miércoles, 3 de noviembre de 2010
¡Pero si no vuela!
domingo, 10 de octubre de 2010
Para empezar a desempolvar
LIBÉLULAS
La bata apenas me roza. El lazo que sujeta sus pliegues, me presiona la cintura y sugiere un vuelo fugaz que se pierde en la oscuridad del cuarto.
Acaricio la seda con las yemas de los dedos. Los hilos se entrecruzan. Sobresalen pequeños filamentos retorcidos. Crisálidas adheridas a la uniformidad del tejido. Imperfecciones. Variaciones en la tensión.
Emociones que perturban y distraen. Esa inestabilidad que mete miedo y deja su huella en las veleidades de la malla. Antojadiza. De ligereza variable. Capaz de desnudarse en transparencias casuales. De modelarse en convexidades amplias y gargantas de profundo placer.
Yo la conservo porque te reconozco en la trama que urdiste. Asombrosa habilidad para reinventarme en arrebatos que quedaron prendidos de la malla. Nudos en las costuras, racimos de piedras, rígidas alforzas pespunteadas.
Sin embargo, aún quiero volar. El roce del tejido conserva su suavidad y anuncia el vértigo. volados que se precipitan hasta el ruedo de mi falda. Una ola de encaje rompe durante la pleamar.
La libélula ha vuelto.
Aunque la perilla esté al alcance de mi mano ¿para qué encender la luz?
lunes, 4 de octubre de 2010
Tejiendo la tela
Cada dos meses pondré una foto distinta sobre el tema: arañas, telarañas...mantis quizá?
A ver si tejemos que vuelven a salir pelusas.
Un abrazo
sábado, 11 de septiembre de 2010
Se acerca el otoño

Arañ@s este blog está lleno de polvo. Voy a pasarle el plumero que falta le hace.
Os dejo un microrrelato(de los largos, de los de 250 palabras, oye que ya me apetecía ;)) escrito por mois. Como siempre abierto a correcciones(comas, rimas, fallitos) y comentarios varios.
Transmutación
Hacía mucho tiempo que Aquilino Ruiz había desaparecido, hacía mucho tiempo que habían dejado de buscarle. Tan sólo su madre confiaba en su vuelta y seguía preparando sus comidas favoritas.
Desde niño Aquilino sentía curiosidad por los pájaros, pasaba horas observándolos convencido de que mantenían conversaciones cuyo contenido iba más allá de la mera supervivencia o la procreación. A los quince años consiguió desentrañar su lenguaje y era capaz de comunicarse con ellos en una jerga compuesta de silbidos y gorjeos que, al principio, causó mucha expectación en el vecindario, luego sonrisas condescendientes y finalmente burlas. Siendo adulto, Aquilino se dio cuenta de que no sabía nada de aquellas aves mayores que surcan los cielos. Con el dinero que nunca gastó se compró un globo aerostático y se dedicó a otear las cumbres donde habitan las águilas. Sólo bajaba cuando se le agotaban los alimentos, el agua o necesitaba combustible. En cada visita más delgado, la voz más aguda y el convencimiento de que estaba a punto de comprenderlas. «Madre, dijo la última vez, el mundo es tan distinto visto desde allá arriba. » Tres semanas después, un pastor encontró el globo en el monte, desinflado y con la barquilla rota.
Algunos juran haber visto un águila sobrevolando la plaza en la que Aquilino jugaba de chico. Desde entonces, su madre acude cada mañana y se sienta en un banco, un plato con comida en las manos y la mirada en el cielo, segura de que regresará algún día.
sábado, 10 de julio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Fiesta del Sábado, 19 de Junio
En la sala, repartidos en grupos se oían los ecos apagados de las conversaciones de los que habían llegado antes. Eran pocos, creo que conté unos veinte y parecían conocerse. Supuse que formarían parte de las clases presenciales, de las que yo, por ser alumna online, estaba tan ajena. Empecé a preguntarme si no habría sido un error apuntarme a aquella fiesta, pero las ocho horas de viaje en autobús me obligaron a quedarme: no has venido desde tan lejos para irte sin saber de qué va todo esto, -me dije mientras me acercaba a la barra para pedir una cerveza.
Los ojos del camarero, burlones y con un toque lascivo que me descolocó aún más , me informaron de que allí lo único que se servía era el “especial de la casa, nena”, que consistía en un cóctel rojizo y dulzón al que le di un par de tragos para abandonarlo con disimulo mientras buscaba una mesa libre.
Y al dirigir la mirada hacia el fondo, cerca de los servicios, reconocí un nombre, el de uno de mis compañeros del curso de relato breve. Soy Damián López, lo presentaba un cartelito que tenia delante, sobre la mesa que ocupaba. Me sentí aliviada. Por fin alguien con quién entablar conversación y que como yo, buscaba un nombre conocido. Levantó la vista cuando me oyó llamarlo.
Lo que ví en aquellos ojos me dejó helada. Había creído durante meses que el gusto de mi compañero por la literatura de terror era sólo un entretenimiento. Pero me equivocaba. Aquella mirada sanguinaria, fiel reflejo de su desvarío y la mueca con la que quiso adornarla me hicieron temblar. Dando un paso atrás, balbuceé que necesitaba ir al aseo y allí me refugié. Apoyada sobre la puerta, todo a mi alrededor comenzó a girar mientras respirar empezaba a hacérseme complicado. Mierda -me acordé de lo que acababa de beber- ¿qué coño era?
Tenía que salir de aquel lugar. Pasé por delante de Damián que ahora estaba inclinado sobre unos papeles, quizá ocupado en una nueva historia. Esa idea atroz espoleó mis pasos hacia la salida, luchando contra una torpeza cada vez más evidente.
Fue en aquel momento cuando se iluminó el escenario. Sobre él apareció Enrique, nuestro profesor.
De él sí tenía referente de su aspecto por la foto de la Escuela. La adoración se reflejaba en los rostros de todos aquellos que lo miraban, y es que envuelto en una túnica dorada , desprendía un halo de magia extraña, diabólica e hipnotizante. Me observó. Era como si supiese que yo estaba en aquel lugar desde el primer momento.
Obedeciendo a una orden nunca expresada con palabras, todos se giraron lentamente hacia mí, descubriéndome. No recuerdo nada más.
Me desperté en la habitación del hotel. Me dolía terriblemente la cabeza. Estaba sola. Mi ropa había sido ceremonialmente doblaba sobre la silla. Sentada sobre aquella cama, trataba de ordenar mis pensamientos. No sé cuanto tiempo tardé en recuperar el control sobre mi angustia. Pero sí sé que tenía algo muy claro: quería irme y volver a mi casa.
Y al comenzar a vestirme fue cuando, aterrorizada, descubrí el tatuaje. En la cara interna de mi tobillo, leí con toda claridad: 19-06-2010.
Alguien quiere que no olvide esa fecha. El porqué aún no lo sé.
domingo, 13 de junio de 2010
Aventurarse a salir de paseo a las cuatro de la tarde bajo el sol, y en pleno mes de agosto es casi siempre una mala idea. Y más cuando la temperatura a la sombra no baja de los 35 grados. Claro que si la alternativa es quedarse en un piso pequeño acompañada de mi hijo y mi sobrino, aficionados a las peleas como juego preferido, la salida a un parque, aunque éste quede en la otra punta de la ciudad, quizá sea una auténtica bendición.
Así que allí estábamos. Entrando en la alameda que nos regalaba su sombra y nos invitaba a descansar en aquellos bancos que dibujaban un recorrido plácido. Una delicia para mí sin duda, pero para ello tendría que haber ignorado a aquellas dos mentes infantiles y llenas de energía que ya se habían puesto a correr como potros desbocados, ajenos al calor y a mis advertencias de no alejarse.
-- ¡Mamá, vamos a ver los patos!,me pidió Carlos al descubrir el estanque. Tengo que reconocer que no tuvieron que hacer mucho esfuerzo por convencerme ya que siempre he sentido fascinación por esos animales tranquilos y sosegados que nunca me cansaba de contemplar cuando era niña. Allá nos dirigimos.
Era como una pequeña laguna tranquila. Sólo dos patos tumbados pluma con pluma. Mi hijo ya los estaba citando mientras Julián buscaba en su mochila los bocadillos que aún no se habían comido para usarlos como reclamo. Yo observaba a aquellos animales. Sorprendida por su tamaño y es que me parecían muy grandes, mucho más de lo que mis recuerdos me sugerían. Supuse que se trataría de una nueva especie, quizá más resistente a la vida en cautividad o algo así. El caso es que uno de ellos tomó la iniciativa, saltó de la piedra donde estaba y se lanzó al agua. Vino hacia donde estábamos y desde la atalaya de su cuello, pasó por delante exhibiéndose. El aleteo enérgico con que adornó su paseo y la altivez de su pico, no me dejó dudas: no le interesábamos en lo más mínimo.
Carlos y Julián, ajenos a mis pensamientos, seguían entusiasmados tratando de convencer al más rezagado de que se acercase también, ofreciéndole unos trozos de pan que, sin explicación, flotaban en un primer momento para deslizarse hasta el fondo después sin que ningún pico viiniese a reclamarlos.
Unos minutos bastaron. Aburridos, los patos se despidieron de nuestra sinfonía de grititos, gestos y ofrendas desplazándose a un rincón. Creo que la primera sorprendida era yo.
-Bueno, es que a lo mejor están un poco enfermos y no tienen hambre... o es que con tanto calor no les apetece comer ahora... --comencé a desgranar argumentos--
Pero no les hizo falta mi retórica. Volvieron a entusiasmarse –no tía, no es eso,mira ahora se han puesto a comer,vamos allí--
Era cierto. En la esquina opuesta a donde nos habíamos quedado, ahora se acababa de desatar un aleteo alegre acompañado de picotazos sobre algo que había en el agua. Pronto descubrí lo que era.
Era una paloma. Era a una paloma, que, descuidada o enferma, o vete a saber qué, había ido a buscar cobijo en la aparente placidez de aquel estanque y se debatía desesperada e inútilmente tratando de salvarse de una muerte segura y cruel. Sentí como si me estuviesen estrujando las tripas a mí también, olvidándome por un momento, de seguir respirando.
Con un ¡Vámonos ahora mismo!, di por zanjado el espectáculo.
Caminamos en silencio; no tenía ganas de hablar y ellos creo sopesaban las consecuencias de hacerlo. Con pasitos cortos trataban de seguirme, supongo que iba demasiado acelerada para ellos. Pero es que necesitaba salir de allí y pisar asfalto de nuevo. Aquellos árboles me agobiaban ahora. Me sentía bloqueada y las ideas se me enmarañaban sin lograr hilar lo que debía decir a continuación, porque estaba claro que algo tenía que decir, que explicar, que justificar y la verdad es que no sabía ni cómo... Además estaba enfadada. Enfadada con todo y con nada definido; enfadada con esos asquerosos patos, con aquella cochambre de agua verde en la que vivían, ¿cómo podían haber hecho una cosa así?
Tratando de relajarme, mis pasos se hicieron más lentos. Carlos aprovechó el momento. Se me abrazó a la pierna con la habilidad de un gato. Creo que su intención era parar a aquel tren de mercancías desbocado más que regalarme un momento cariñoso. Lo miré. Parecía divertido de aquella huida al trote.
– Mami, no te asustes, que es como en la peli de la metamorfosis de Getrix; los patos son los asesinos que viven en el planeta de los Ársedos y atacan a los hombres, es guay la peli, que la vi en casa de Mario!
-- Sí, tía y luego los hombres sónicos les atacan a ellos y luego los matan con los rayos láser de séptima generación!¿ Nos dejas ir a los columpios, vale?
Sin salir de mi perplejidad, hice un gesto con la cabeza –como medio de tragar saliva más que nada-- y ellos, interpretándolo como un sí, corrieron hacia los dichosos columpios llenando mi silencio con sus risotadas y comentarios. Despreocupados de mí y felices en su mundo de jerga asesina de nombres imposibles. Sentí algo parecido a un estremecimiento. No era frío. No. Lo que acababa de sentir ahora era miedo.